“El hombre que se desplaza modifica las formas que lo circundan”…

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Fotografía por Jimena Pérez. Casa Wabi, Oaxaca

Así lo afirma Jorge Luis Borges al hablar de los habitantes de su imaginaria e idealista ciudad de Tlön. Y si bien esta afirmación responde a los criterios específicos de las ficciones del autor, no deja de ser una idea en nuestras reflexiones sobre el mundo que nos rodea y el cual constituye la primera de nuestra materias de trabajo: el contexto

Cuando hablamos de desplazamiento no hablamos de otra cosa que de transitar por el mundo, de alejarnos de nuestro contexto inmediato y cotidiano para sumergirnos en realidades distintas, que ya sea por contacto o por asimilación, siempre terminan por dejar una impronta en nuestras percepciones como seres sensibles, modificando nuestras formas de leer ese contexto cotidiano que momentáneamente dejamos atrás.

Este es uno de los tantos efectos que tienen los viajes, donde los aprendizajes, ya sea que sucedan de forma consciente o inconsciente, tienen esa capacidad transformadora sobre nuestra realidad. Y es que como arquitectos, el contacto con otros espacios, otras temporalidades, otro sistema de valores, nos enseñan a descubrir nuevos dominios de pensamiento, nuevas perspectivas que nos hablan de los aciertos y errores y que nos vuelven más críticos con nosotros mismos y con nuestro trabajo. 

Pocos son los lugares que catalizan las ideas tan bien como la pluralidad de nuestros Méxicos. 

Este año – sí de forma un tanto despreocupada con la situación pandémica – parte de nuestro equipo optó por uno de los destinos más interesantes dentro de la república, justo por ese abanico de posibilidades plurales: Oaxaca. 

Un estado entrañable en tantos sentidos, sentó el escenario para el descubrimiento de ideas – nuevas y viejas – para la reflexión sobre la esencia y la mexicanidad que forman parte indisociable con nuestro quehacer como arquitectos. Un lugar rebosante de tradición y de identidad, gestada a lo largo de los años por una mezcolanza que se ha presentado desde el mundo prehispánico hasta nuestros días globalmente interconectados. 

Oaxaca es una explosión de microuniversos que convergen entre sí, influenciándose  mutuamente atados por su realidad geográfica e histórica donde todo grita México. 

La Oaxaca de contrastes, de sincretismos y misticismo, aquella que voltea orgullosa y sencilla hacia el mar, o la que se yergue en la sierra madre sobre las nubes; o la Oaxaca magnánima que se alimenta de la riqueza cultural de su valle central y que ofrece su cara más poliédrica y heterogénea al que se adentra en ella. 

Oaxaca es superposición de color. Es traslape de la contemporaneidad sobre lo pasado con un profundo respeto por este último. 

No es de extrañar entonces esa vastedad de diversas expresiones artísticas y culturales que ofrecen al deambulante sí una experiencia única, pero, sobretodo, profundamente relacionada con todo aquello que la circunda. Todo se influencia entre sí: arquitectura, gastronomía, arqueología, artesanía, arte, naturaleza, éticas y estéticas, todo responde a ese genius loci, ese espíritu propio del espacio y del tiempo específico que al interactuar con los múltiples oficios de los hombres se transforma y se nutre.  Quizás un espíritu con forma de alebrije, rebuscado y exuberante, lleno de color, que no obedece a la rigidez de la razón, sino más bien a la magia de la emoción. Casi como el estado onírico del cual según la leyenda brotan los alebrijes. Un espíritu que sin duda abraza y abruma al visitante. 

El viaje comenzó con un largo trayecto a través de una de las carreteras más particulares que se puedan transitar. Quizás sea por las curvas interminables y enmarañadas, o quizá por los paisajes que mutan con cada vuelta y que superan a aquél que le precedió; una carretera que lleva al que la recorre a través de las nubes hasta un punto sobre el cual solo las cumbres de las montañas aparecen flotando sobre un mar blanco y etéreo, un sitio fuera de este mundo; y para la cual es necesario dejar atrás los miedos de no saber lo que yace adelante, y simplemente confiar, sí en el camino, pero sobre todo en uno mismo. Y esa carretera fue en realidad como una alegoría, un presagio de la multiplicidad de un viaje de descubrimientos y revaloraciones. 

Por un lado esa costa, que se siente antigua e insondable, golpeada incesantemente por un mar poderoso y violento que recuerda la fragilidad humana frente a la naturaleza.Un océano inmenso que nos vuelve humildes en nuestra condición de hombres y mujeres. Por el otro lado, esos valles cuasi esteparios, que anidan un sinfín de demostraciones de la cultura.

Fotografía por Jimena Pérez Méndez. Mitla, Oaxaca.

Desde Zipolite hasta Oaxaca de Juárez, pasando por Mitla y Monte Albán, un cúmulo de experiencias distintas y particulares toman lugar, donde el factor común sea tal vez aquello que fue hecho por la mano del hombre sin ninguna pretensión mayor que la de celebrar ese contexto al que se refiere la introducción de este texto: las recetas ancestrales, los textiles llenos de color, la arquitectura vieja, la nueva, y la rescatada – donde el rescate no busca imponer lo nuevo sobre lo viejo, ni esconder la vejez ni el deterioro, preservándola con todas sus cicatrices y arrugas como signos de la sabiduría que esconde.

Todas manifestaciones de esa alma del sitio en su diálogo constante con los hombres y mujeres, y que a través del trabajo de estos se materializa algunas veces en su propio barro negro, se entreteje en los textiles, o se plasma en el arte, o donde otras tantas se cuece en los sabores que infusionan el paladar y se sublima a través de los humos del mezcal.

De esas relaciones profundas e ineludibles con el lugar, que se hacen visibles a través de tales manifestaciones, es de donde brota quizá la lección más importante por aprender: la de interpretar a través de nuestro trabajo, de la arquitectura, al sitio que es indisociable de la misma, tomándolo en cuenta como una fuerza generatriz y catalítica donde todas las posibilidades toman lugar como eventos potenciales, y que enriquece la experiencia humana a la vez que es nutrido por la manifestación de esa experiencia.

Y así retornamos de ese viaje de descubrimientos y de realidades, habiendo presenciado y aprendido de la importancia que el contexto suscita en el ámbito cotidiano, y de la multiplicidad que inicialmente nos llevó hasta allá, para poder contemplar de primera mano esa riqueza que solamente ocurre cuando el trabajo humano se alimenta de todo aquello que el lugar le otorga, de ese genius loci creador que en su influjo sobre las personas, se transmuta y se enaltece interminablemente.

De izquierda a derecha: Elizabeth Fernández, Rodrigo Carreón, Jimena Pérez, Jesús Sánchez, Gabriela González. Casa Wabi, Oaxaca.

Palabras: Rodrigo Carreón U. Equipo CDM Casas de México